sábado, 23 de enero de 2016

"Me caso: no me regaléis nada"

Me caso y no me regaléis nada, por alguna razón, nunca son expresiones que vayan unidas. Evolucionan los modelos de relación y las costumbres, pero ese aspecto de la celebración, no. Por eso, cuando recibí el austero sobre color ocre, me quedé perpleja.

Saqué el pliego -mitad de mitad de dinA4- también de color ocre, y leí pasmada aquella invitación tan singular.Escrita en Times New Roman, clara y sin pretensiones, anunciaba: "Nos casamos y estaríamos muy felices de que compartierais con nosotros ese momento. No necesitamos nada, por eso, no queremos ningún regalo. Iremos de viaje de novios a Tailandia para visitar algunas misiones que se realizan en el país para ayudar a la gente desfavorecida. Si alguno de vosotros desea colaborar, os invitamos a que lo que pensarais regalarnos lo aportéis para ayudar a personas que lo necesitan más que nosotros. Durante la ceremonia se pasará un cesto".

Y allí estaba yo, en medio de la iglesia, dejando la prueba de mi amistad en el fondo del saco granate. Porque eso era entonces: no un donativo, sino un símbolo de cariño y amistad. Tailandia, las misiones, la gente desfavorecida, sonaba entonces un poco abstracto. Difuso. Quizá, lejano. Una ejemplar acción que iban a emprender aquellos dos queridos amigos. Hoy, sin embargo, me traen de retorno su historia y tengo que darles las gracias porque, sin merecerlo, me han hecho cómplice de un gesto tan generoso.

En mi armario, sobre la pila de bufandas y pañuelos, sobresale uno de tonos lechosos; beis y amarillo. Lo ha hecho Kanya, una tejedora del pueblecito de Hanjai. No podría decir qué edad tiene. 50, tal vez 60, puede que menos; quien sabe. En Tailandia, las mujeres no valen nada. Ni ellas, ni los niños. La vida les maltrata. La sociedad les ignora. En muchos casos, vagan por las calles buscándose la vida como pueden. Por eso, su cara, de mirada lejana, no es capaz de decirnos qué edad tiene.



Kanya está casada. Lo está con un hombre alcohólico y ludópata. Desde el año pasado él está en la cárcel por asuntos de droga y, desde entonces, ha tenido que buscarse la vida, porque, en Tailandia, no existe ningún tipo de asistencia para mujeres y niños. La forma que ha encontrado para subsistir es la que le ofrece su rudimentario telar.

Observando mi impecable pañuelo, parece increíble que lo haya hecho con ese artilugio de materiales reciclados. El hilo, 100% natural, lo extrae de un capullo similar al de los gusanos de seda. Luego, pasada a pasada, va confeccionando las telas de las que saldrán pañuelos, fulares y bolsos. Y de ahí, tras un viaje de 36 horas con escalas incluidas, a mi ropero. Al mío y al de quien quiera comprarlo. Los distribuyen -entre otras- en la parroquia de Bezana.



La segunda parte del viaje, de la que no tengo suvenir, pero sí fotos que mostrar, es la visita al colegio de las Misioneras de la Caridad, discípulas de la Madre Teresa de Calcuta. "Si el viaje ha merecido la pena, ha sido por la visita a estas monjas. Jamás había visto de una manera tan clara el amor hacia los demás". Así se expresa mi amigo justo antes de contarme que las hermanas -dos indias, una tailandesa y una norteamericana- atienden a los niños que nadie quiere. Si un menor abandonado es lo último de lo último en este país, si además es deficiente mental o tiene sida, se hace invisible. Probablemente, esté abocado a acabar en manos de mafias que utilizan a los niños para apuestas ilegales de lucha o para la explotación sexual.



Que nadie piense que mi reflexión de hoy es fruto de una cuestión religiosa. No lo es. Es cierto que las misiones que han visitado mis amigos están sostenidas por católicos, pero a mi me interesa el componente humano, no la fe que les guía. Desde pequeña, entiendo, que no importa qué dios inspire nuestros actos, siempre y cuando, éstos procuren el bien ajeno y estén inspirados en el amor.



"Me caso: no me regaléis nada" Tengo que dar las gracias a Héctor y a Isa por su generosidad. No sólo por no reclamar su regalo, algo que es, sin duda, muy inusual, sino, sobre todo, por hacerme partícipe de su aventura. Hay mil vidas y me han permitido compartir con ellos la mil uno. Una fuente de inspiración en medio de una sociedad en la que suele trascender, únicamente, lo más vil del ser humano. Quede este post como una muestra de que otra realidad es posible.    

sábado, 16 de enero de 2016

Lo que la televisión hace con las personas

Hacer televisión es maravilloso. Es una suerte de exhibicionismo que te permite utilizar todos los recursos gestuales, lingüísticos e intelectuales a tu disposición para conectar con la señora o el señor, tumbados en su sofá, al otro lado. Pensándolos como individualidades; dirigiéndote a ellos como si fueran uno y todos a la vez. Calculando mentalmente sus reacciones, logrando un ritmo y unos tiempos adecuados a cada tipo de mensaje. Para mí, significa explorar las posibilidades de la comunicación para ofrecer a quien me escucha un producto elaborado desde el máximo respeto y, siempre, intentando sumar; conseguir que se obre el milagro de que lo que digo y cómo lo digo consigan que al otro le merezca la pena escucharme. Esa es la parte bonita del trabajo. Lo complejo es no desvirtuarlo por efecto del endiosamiento.

La televisión es demasiado generosa -cualquiera que salga por el pequeño electrodoméstico se convierte, en poco tiempo, en alguien conocido, aunque, no necesariamente, respetado- y los periodistas tenemos un defecto endogámico; creemos que 'salir' y 'estar' es, siempre, consecuencia de nuestras indudables y excepcionales cualidades, no del poder que tienen en sí mismos los medios de comunicación. Cuando perdemos de esa manera la perspectiva y nos colocamos por encima de a quien servimos -el ciudadano-, entonces, nos relajamos, el producto se deteriora y empezamos a ser caricaturas de nosotros mismos.

No puedo quitarme de la cabeza, y de ello han pasado ya nueve años, la frase de un colega de profesión al entrar a un restaurante: "Mira, nos han reconocido". Mi cara fue, en aquel momento, como la del emoticono de los ojos como platos. -"Pero... ¿Qué me estás diciendo?"- pensé. No recuerdo si aquel día nos invitaron o no a comer -desde luego él creía que iban a hacerlo- lo que sí sé es que, es frecuente, que cuando tienes cierta visibilidad en televisión lo hagan. Ese y otros gestos de reconocimiento a los que es fácil engancharse y de los que es difícil sustraerse sin dejar de tener los pies en la tierra. Sin olvidar que no hemos inventado la penicilina o ganado un premio Nobel.

 

Por eso, a nadie le extrañe ver a Ana Obregón -esta semana- haciendo contorsiones circenses, mientras un Bertín Osborne, tanto o más esperpéntico, trataba, con gestos inapropiadamente infantiles, de imitar a la 'bióloga' y 'escritora' de España. El madrileño -con quien tuve ocasión de presentar al alimón una gala en el Palacio de Festivales; experiencia que algún día contaré- conduce su entrevista entre chascarrillos e interrupciones que, en ocasiones, estropean una buena respuesta. Pero, Osborne siempre responde a su perfil: alegre, despreocupado, seductor. Lo otro, la entrevista, lo técnico, ya quedan a cargo de un magnífico equipo que produce y edita exquisitamente el programa.

Le pasa lo mismo a Óscar Lozano. Hacía años que no lo veía en televisión; si acaso, en alguna revista como personaje de la prensa rosa. De repente, se rinde a los néctares de Gran Hermano. Esa coctelera a donde van a parar viejas glorias, juguetes televisivos y aspirantes irredentos al famoseo. Y lo contemplo perpleja. Parece que levita. Un boceto ridículo. Con una pose de fingida dignidad.

Ya se sabe, es famoso y ¿quiénes son es el resto?. La fama es un anzuelo hechicero. Por eso, Ana Obregón se parece cada día más a 'Benjamin Button', Bertín Osborne se resiste a dejar de ser el eterno jovenzuelo seductor y Óscar Lozano se rebaja, sin querer hacerlo, a compartir escenario con gente que piensa que no están a su mismo nivel.

Pues bien, esto es lo que hace la televisión con la gente. Es una especie de 'Show de Truman', de realidad paralela a la que muchos desean entrar, otros tantos se aferran por no salir, y los que se encuentran dentro suelen perder el norte. Así que como espectadores, antes de brindar reconocimiento a un periodista, un actor, un presentador (que no son lo mismo) pensemos si, realmente o no, han hecho algo para merecerlo.

Pretty Woman a la santanderina

Enrollo un billete de cincuenta euros y cinco de veinte, y me los meto en el bolsillo delantero del pantalón. Son unos jeans negros, gastados, que combino con unas botas de serraje marrón a medio abrochar y un jersey a rayas rojas y negras que me da un aspecto casual; vamos, de esos a medio camino entre cool y de andar por casa; desde luego, nada ostentoso.

No añado más a mi indumentaria. No lo necesito. Voy de rebajas que, dicho sea de paso, es algo que me horroriza. No puedo evitar angustiarme ante la visión de toneladas de ropa; unas, prendas de temporada, y otras, sacadas de los almacenes ad hoc. Se hacinan en pilas, se agobian por salir a flote entre una marea de perchas, se enmarañan en los estantes.

Alguien me dijo que "para todo hay que tener estrategia en la vida" y, en casos como este, yo lo aplico a rajatabla. Introduzco las llaves del coche en la puesta en marcha y me digo: "Montse, esta tiene que ser una operación breve y, recuerda, no sueltes el aguinaldo de reyes, a menos que encuentres, justo, lo que necesitas". Y con esas premisas: rebajas, breve, necesario, que para mí funcionan como un silogismo, me presento en la primera planta de un gran centro comercial. En la sección, vaya por dios, en la que las prendas no parecen haber ido a la guerra, los probadores son dos veces mayores que el resto, tienen un cómodo sillón para el acompañante y las etiquetas te provocan susto aún después de rebajadas. Pero, como la vida está hecha para los valientes, entro como un miura; de pacotilla, claro, a juzgar por los pases que me dio después la dependienta.

-"Perdone, quería hacerle una pregunta, ¿sabe esa blusa, de seda, con frunces al cuello y goma en las mangas, crudita? - La dependienta apenas levanta la mirada de lo que está haciendo, como si lo que yo le dijera no le importara demasiado, al menos, no tanto como la emocionante aventura de doblar camisas - "Sí"- me concede finalmente.- "¿En qué temporada la tienen?"- ¡Adiós, ahí sí que la maté! - "En todas" me responde, perdonándome la vida y mirándome por primera vez a la cara, como intentando comprobar quién era la ignorante que hacía esa pregunta tan absurda. Porque una clienta de 'Carlota Herreriana', sabe, sin duda, que esa blusa es un clásico de la diseñadora.

Por un momento, me empiezo a sentir Pretty Woman y dudo de si no hubiera tenido que acicalarme un poco más para responder al perfil al que está acostumbrado esta dependienta. También se me pasan por la cabeza otras ideas menos decorosas, pero como la prenda en cuestión me interesa, allí me quedo, continuando con la compra como si la fiesta no fuera conmigo.



La tienda, con blusas de 300 euros, vestidos de 700 y abrigos de precio obsceno, está totalmente vacía. Eso no hace que Mari Pili venga a atenderme; ni para orientarme en la talla, ni para indicarme dónde está el probador, ni siquiera para ver cómo me sienta y acercarme otra prenda si la necesito. Soy yo la que tengo que salir hasta el mostrador para que me vea. -¿Mejor esta talla? ¿Cómo me queda?- Me mira un par de segundos y contesta escueta: "Mejor que la otra. La seda tiene que caer". Pues bien, pienso yo.: "Tiene que caer". Y me contengo. Lo hago por el tiempo que llevo buscando la dichosa blusa y el buen precio que tiene, pero en el fondo no puedo dejar de sentir pena ante tanta pobreza mental.

Imagino que Mari Pili piensa que no soy su tipo de clienta y que, por lo tanto, no le compensa trabajar; intuyo que está convencida de que no voy a comprar. Yo, mientras tanto, tengo la sensación de encontrarme en un self service de prendas de lujo. Qué diferente de la amable dependienta, que no hace ni diez minutos, se ha desvivido orientándome en la compra de una bufanda que me ha costado 12 euros; incluso, colocándomela.

Me quito mi blusa de Carlota Herreriana, por que ya es mía, he decidido llevármela y se la acerco -de nuevo al mostrador- a Mari Pili. Saco mi modesto rollo de billetes y le entrego mi aguinaldo a cambio de su desdén. Pero ahí se queda todo. En la superficie de lo superficial. Cojo mi bolsa grabada con letras de oro y atrás dejo a Mari Pili sola, tanto o más que cuando atiende a sus atildadas clientas. Y la compadezco porque, seguramente, con ese desdén clasista la tratará más de una a ella.

¿Qué por qué no me fui al primer desaire?

Buena pregunta. Seguramente debería haberlo hecho. Sin embargo, preferí mantenerme al margen de su mundo de apariencias y superficies y seguir con mi plan original: rebaja, breve, necesario.      

domingo, 10 de enero de 2016

"No hay nada mejor en el mundo que..."

Me encantan esas afirmaciones que comienzan con el "no hay nada mejor en el mundo que...". Evocan las expresiones de la infancia y, de la misma manera, la forma de ilusionarse de la niñez. Pues bien, "no hay nada mejor en el mundo que" concederse pequeños caprichos; íntimos, gratos. De esos que no cuestan demasiado dinero, pero que obran el instante mágico de placer y felicidad.

Es Amélie en su apartamento de Montmartre, jugueteando con su mano dentro del saco de lentejas, o rompiendo el caramelo de la crème brûlée con una cucharita. Es Vianne Rocher y su hija Anouk en Chocolat, llevando vientos de cambio al pueblo francés de Lansquenet-sur-Tannes. Una taza de cacao humeante, un bombón, una sonrisa... Gestos sencillos capaces de obrar cambios importantes. -"Nos encaramamos en los taburetes como si estuviéramos en un bar de Nueva York, cada una con su taza de chocolate, la de Anouk con crème chantilly y virutas. Yo me tomo la mía caliente y negra, más fuerte que un espresso. Cerramos lo ojos deleitándonos en la fragancia del aroma y entonces lo vemos. Van llegando: dos, tres, una docena, los rostros alegres, se sientan a nuestro lado, sus rostros duros e indiferentes se han dulcificado y lo que expresan ahora es simpatía, bienestar"-.



"No hay nada mejor en el mundo que": desayunar croissants recién hechos. Leer un buen libro con la lluvia de fondo. Tomarse una infusión en un día de invierno. Darte un baño caliente cuando regresas a casa y en la calle hace frío. Tomarse un café con un amigo. Reírse de buena gana. Tirarse toda una tarde viendo buen cine. Pasear por la orilla del mar. Escuchar el rumor de las olas. Detenerse en los sabores de una copa de vino. Emocionarte con tu canción favorita. Soñar con proyectos nuevos. Acariciar a tu perro y hablarle mirándole a los ojos como si entendiera cada una de tus palabras. Correr hasta echar fuera todos tus agobios. Besar a tu abuela intentando atrapar el momento para que nunca se vaya. Achuchar a tu hijo y comprobar cómo va creciendo. Deleitarse escuchando una historia. Cocinar un plato nuevo para quienes te quieren. Cantar a grito pelado mientras conduces. Detenerte en una confitería a tomar tu pastel preferido. Escribir tus pensamientos... La lista es interminable.

Es la filosofía del tiempo que se detiene, el que transcurre lento, al margen del torbellino cotidiano y del ansia por tener. Estoy convencida de que cuando hacemos el esfuerzo y aminoramos la marcha, algo cambia y lo hace para bien.-“Amélie tiene de repente la extraña sensación de estar en total armonía consigo misma, en ese instante todo es perfecto, la suavidad de la luz, el ligero perfume del aire, el pausado rumor de la ciudad. Inspira profundamente y la vida ahora le parece tan sencilla y transparente que un arrebato de amor, parecido a un deseo de ayudar a toda la humanidad la empapa de golpe”-. 

Desenrosco mi bote; es un modesto frasco de mermelada. Quizá no es casual que naciera para acoger algo tan dulce. El caso es que en él, a comienzo de año, alojo mis propósitos y mis proyectos. Este más que nunca va a ser, de cuando en cuando, intentar parar el tiempo y decirme muchas veces "no hay nada mejor en el mundo que...".



Te invito a elegir en tu alacena uno de sus frascos vacíos. Después, confiésale todas tus ilusiones. Cuando acabe 2016, comprueba si las has cumplido. Pero, recuerda, el secreto es encontrar la satisfacción en las pequeñas cosas, sin duda, son las más importantes de la vida.

"No hay nada mejor en el mundo que..."      

domingo, 3 de enero de 2016

"Conectando los puntos" de Steve Jobs

Hace cinco años -sin ni siquiera ser consciente de ello- comencé a "conectar mis puntos". Es curioso, puede hacerse, incluso, a una edad en la que ya pensabas que lo estaban hacía tiempo o, al menos, que deberían estarlo. Sentada en un aula de la Universidad de Cantabria, escucho un discurso de Steve Jobs; probablemente, uno de los más famosos, el que ofreció en la Universidad de Stanford. En él relata cómo tuvo que abandonar la universidad y qué le empujó a realizar un curso de caligrafía que, más tarde, sería fundamental para el desarrollo de la tipografía de Macintosh. -"Si nunca hubiera decidido dejarlo todo, nunca hubiera entrado a aquella clase de caligrafía y los ordenadores personales no tendrían la maravillosa tipografía que poseen (...) Tendrán que confiar en que los puntos se conectarán alguna vez en el futuro. Tienes que confiar en tu instinto, en el destino, en el karma, en lo que sea (...) Esta forma de actuar nunca me ha dejado tirado y ha marcado la diferencia en mi vida"-.

Jobs dispara en quince minutos, muy a la americana, un rosario de 'tips' que bien pudieran haber salido de la boca de Nietzsche, Kierkegaard o algún filósofo existencialista. La vida mana a borbotones de sus palabras y a mi me choca ese planteamiento desordenado de una existencia que se va ordenando ella sola por efecto de no se sabe qué casualidades extraordinarias. Y aún me sorprende más que lo dijera uno de los hombres con más éxito profesional del planeta. Me pregunto entonces si no tendría razón y empiezo a tener fe en una afirmación que contradice buena parte de lo que yo he practicado hasta ese momento. Me agarro a ella como un naufrago a una balsa a la deriva. Compruebo que Steve Jobs sucumbió y resurgió a golpe de pálpito, esfuerzo y autenticidad.
Perder el trabajo, diluir un sueño, salir despedido hacia la otra esquina es algo hoy tan real, frecuente y perturbador como catárquico. Reiventarse, reiventarse, reiventarse, reiventarse; se insiste en ello de forma machacona. Pues bien, por arte de magia, encuentro a mi Jobs en un pueblecito de 264 habitantes. Él hace realidad esa angustiosa letanía que se repite a quienes se sienten parias en medio de esta crisis.

Se llama, pongamos, Alberto. Tiene cuarenta y cinco años. Es homosexual. Este último dato, tan íntimo y que a mí  me importa tan poco, es significativo sólo porque condiciona lo que ha sido su vida: un sentirse observado, un salvar prejuicios, un conquistar corazones, más allá de sus modos y maneras, que dejan entrever, claramente, su condición sexual.
 
Cuando lo conocí llevaba lentillas de gato: gris-azuladas, casi blancas, con una franja vertical que partía la pupila en dos. Es fácil imaginar mi susto contenido. Traté de disimular la impresión que me causó ver un humano transformado en felino en plena noche. Pero en el fondo me agradó. Me satisfizo comprobar su valentía para salir al mundo a cara descubierta. De eso han pasado quince años. Ya se ha desenfundando las lentillas y su gusto por la ropa llamativa, pero conserva, para su fortuna y la de quienes lo rodean, esa naturalidad entrañable desprovista de maldad. Una humanidad, más allá de prejuicios que es la que le ha permitido "conectar los puntos".

Ring, ring. -¿Sí?- Contesto... -¿Sí?- .... Silencio.
Silencio largo. Después, conversación escueta; cargada de fingido optimismo por su parte y bienintencionados ánimos por la mía.-Me han echado del trabajo-.
Le habían echado después de toda una vida laboral dedicado a revisar coches, piezas, componentes. A integrarse con éxito en un ambiente fabril, manual y masculino en el que hacía lo que podía por sacar a flote su semblante más humano.

Ring, ring. -¿Sí?- Contesto. ¡Hola! ¿Cómo estás? ¿Tomamos algo?
Risas, abrazos y un cálculo aproximado del tiempo que llevamos sin vernos. -Tres años. Sí, sí. Hace, por lo menos, tres años que no nos vemos-.

En esos tres años le ha dado tiempo de sacarse el título de auxiliar de enfermería. Está haciendo prácticas y a la espera de un más que probable trabajo. -Estoy feliz. Disfruto mucho con los abuelos. Tengo un contacto con las personas que me permite ser más yo-.

Es entonces cuando veo que sus puntos comienzan a conectar. Cómo la adversidad lo ha llevado, caprichosa, a un rincón de su propia vida en el que está más a gusto y se reencuentra con él mismo. Me pregunto, en ese momento, si no soy yo también una pequeña Jobs. Con este blog, en el que he desembocado con mi pasión de la infancia: escribir; y recuerdo lo que alguien me dijo una vez: "somos quienes fuimos en el patio del colegio".

Este post se lo dedico a quienes han sido expulsados hacia la otra esquina de su existencia y que, por el momento, sólo por el momento, ven complicado cómo conectar sus puntos.

Os deseo un 2016 lleno de intuiciones, confianza y puntos que se vayan conectando en vuestro horizonte.

 

viernes, 1 de enero de 2016

Apología del desnudo en las campanadas: Habemus Pedroche

No hay nada más natural que el desnudo. Así vinimos al mundo. Así nos mostramos hasta que perdemos la inocencia. Un análisis anatómico nos definiría jerarquizándonos en aparatos, sistemas, órganos, tejidos, células y moléculas. El resto -los juicios y prejuicios- se encargan de añadirlos nuestras costumbres y creencias.

Anoche retrocedí en el tiempo treinta años. La fortuna de estar enferma en Nochevieja es que te conviertes en espectadora; el show pasa por delante sin despeinarte. No hay borrachera de sentidos, ni vorágine que te arrastre. Vives una de esas 'otras nocheviejas' que se celebran; porque hay muchas: la de los médicos de guardia, la de quienes la pasan en el hospital, la de quienes están fuera de casa, la de quienes -sencillamente- no la quieren celebrar. Y entre esas, la tuya: la de quienes cogen la gripe y reciben el año nuevo en la cama, con un atracón de especiales televisivos. Fue entonces, cuando tuve mi déjà vu.

La Uno, la Tres, la Cinco... Suma y sigue. "¿Será posible que hasta hoy no me haya dado cuenta?"- pienso- . Las cadenas repiten el mismo formato televisivo que TVE emite desde el año 1964. -"Claro -me explico a mí misma- otros años la tele es sólo un runrún que nos acompaña hasta que llegan las uvas". Me arreglo la almohada, atrapo el mando a distancia, y veo lo que veía cuando tenía diez años; una suerte de totum revolutum compuesto por: canciones variadas y variopintas, señoritas presentadoras con replicante masculino, guiones toscos de dudosa gracia, todo ello, aderezado con un sentido del humor más o menos logrado en cada caso y confeti, mucho confeti. Pero, atención, este año, por segunda vez, 'Habemus Pedroche', y amenaza con convertirse en tradición.

Zapeo y la veo con su vestido -medio rejilla, medio crochet- que a Pronovias, al parecer, le ha llevado 340 horas. Me pregunto qué diferencia hay entre el vestido de la de Vallecas y la teta que se le salió a Sabrina en el año 1987. Para mi decepción: ninguna. Qué poco han cambiado las cosas. La misma estrategia: la mujer como florero. Idéntica sociedad: que se escandaliza ante el caca, culo, pedo, pis.


Anoche, las redes sociales ardían: comentarios de mal gusto, juicios de valor, críticas estéticas e, incluso, defensas quijotescas; que ya se sabe que la libertad se escribe en letras de oro y cada cual la usa y maltrata a su antojo. Anoche, Cristina Pedroche, a nadie le quepa duda, hizo uso de la suya y se convirtió, un año más, en estrategia televisiva para robar espectadores al resto de cadenas. Algo, que nada tiene que ver con la naturalidad de la desnudez, sino más bien con la mirada torva que insistimos en poner sobre ella. Es algo tan pueril y tan ridículo que me sonrojo tan sólo de pensarlo: las televisiones son capaces de ganar audiencia mostrando un cuerpo femenino a través de un vestido semitransparente o, en su defecto, a tres en bragas y a un cuarto en calzoncillo.


Quién sabe, igual es cierto que somos más civilizados que las tribus más aisladas del Amazonas. Sin embargo, me pregunto qué pensarían ellos si vieran nuestra actitud ante la desnudez. Creo, sinceramente, que tenemos que hacérnoslo mirar.


domingo, 27 de diciembre de 2015

Sola en Nochebuena

"El coronel Aureliano Buendía apenas si comprendió que el secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad".

Sucedía en el Macondo de Gabriel García Márquez. El coronel Aureliano Buendía se mantenía a la espera en su laboratorio de alquimia, haciendo y deshaciendo pececitos de oro; recibiendo al atardecer la visita de su compañero Gerineldo Márquez. Pero Amaranta Buendía no soportaba la conversación de Gerineldo; resucitaba en ella los recuerdos del pasado, así que, gota a gota, fue horadando la paciencia de éste hasta que dejó de visitar al coronel. 
 
Igual que Amaranta le da la espalda a la vejez, impertinentemente reflejada en la calvicie de Gerineldo, la familia de Gloria se la da a ella.
 
Veo la escena desde dos ventanas abiertas a la noche. Una insolente; vomita chorros de luz. En la otra, la vida apenas se atreve a asomarse entre las cortinas. En una, cuatro personas conversan animadas, se entremezclan en el follón de una cocina vestida de Navidad. En la otra, Gloria, sola, espera a que den las nueve y sus nietos la inviten a pasar a cenar. Es 24 de diciembre. Se me arruga el corazón y ya no volverá a estar lustroso en toda la noche.

Tal vez, sería más popular escribir sobre la juventud. De hecho, lo es. Lo joven, lo bello, lo nuevo... Y escribo esto a riesgo de provocar un apagón en mi lectura. Sin embargo, este blog y esta modestas letras nacen fieles a la vida y leales a mi mirada sobre ella, y hace tres días fue esto lo que me impactó:

Son las 19:00 pm. Cojo un camino diferente para llegar a casa. No el habitual, no el de otros días. Y quiere el destino que esta Nochebuena se junten la vida del frutero -que aún a esas horas está trabajando-, la de Gloria -que renqueante sale a comprar cuatro plátanos y alguna que otra pieza de fruta- y la mía -que regreso a casa dispuesta a enfundarme mi mejor sonrisa para inaugurar la noche con unas cañas-. Detengo el coche. No puedo evitar parar a saludarla. Gloria es de esas personas que son más familia que mucha de la propia. Necesito hacerlo porque siento que esa va a ser de las pocas cosas 'de verdad' que haga en toda la noche. El resto: la opípara cena, las luces de navidad, Papá Noel descolgándose por el porche de la casa..., son sólo patéticos sucedáneos de la vida en mayúsculas. Porque en esa noche -aunque suene impopular- todos nos sentimos en la obligación de ser felices o, al menos, de parecerlo, a riesgo, si no lo conseguimos, de sentirnos desgraciados.

Su tímida invitación -"¿Pasas?"- me indica que sus 89 años de soledad están deseosos de que lo haga. Pero no paso con la idea de hacerle un favor, más bien, con la sensación de hacérmelo a mí misma. Sus 89 y mis 38 se unen en un punto intermedio, ajeno a la edad. Es curioso, ya no somos la niña y la mujer joven. Hemos avanzado posiciones en el tablero. Juntas recordamos a los que no están: su marido, mi hermano. Ambas, sin decirlo, nos entristecemos. Es un baile extraño en el que suenan la soledad, la añoranza, el goteo incesante del paso del tiempo y el cariño que nos tenemos... Y como colofón un: "Anímate, esta noche vas a estar con los nietos". "No creas -responde- estaba más a gusto aquí, cenando cualquier cosa y después a la cama". No comprendo muy bien qué me quiere decir. Con todo, me voy feliz. Alegre por el reencuentro.

Pero entonces, salgo a la calle y me subo al coche. Entonces, lo veo. Las dos ventanas. A penas separadas diez metros. Las cortinas echadas en una. Las persianas abiertas en otra, con gente trajinando dentro. La vejez. La juventud. La soledad. La ignorancia de que todos nos haremos viejos. La pérdida de perspectiva, olvidando quién te amó y te cuidó de pequeño. La desorientación cuando crees que son más importantes la comida, las luces, los regalos, y te olvidas de que a diez metros está tu abuela tejiendo las penas de su soledad.

No tengo más que decir.

Final.