sábado, 23 de enero de 2016

"Me caso: no me regaléis nada"

Me caso y no me regaléis nada, por alguna razón, nunca son expresiones que vayan unidas. Evolucionan los modelos de relación y las costumbres, pero ese aspecto de la celebración, no. Por eso, cuando recibí el austero sobre color ocre, me quedé perpleja.

Saqué el pliego -mitad de mitad de dinA4- también de color ocre, y leí pasmada aquella invitación tan singular.Escrita en Times New Roman, clara y sin pretensiones, anunciaba: "Nos casamos y estaríamos muy felices de que compartierais con nosotros ese momento. No necesitamos nada, por eso, no queremos ningún regalo. Iremos de viaje de novios a Tailandia para visitar algunas misiones que se realizan en el país para ayudar a la gente desfavorecida. Si alguno de vosotros desea colaborar, os invitamos a que lo que pensarais regalarnos lo aportéis para ayudar a personas que lo necesitan más que nosotros. Durante la ceremonia se pasará un cesto".

Y allí estaba yo, en medio de la iglesia, dejando la prueba de mi amistad en el fondo del saco granate. Porque eso era entonces: no un donativo, sino un símbolo de cariño y amistad. Tailandia, las misiones, la gente desfavorecida, sonaba entonces un poco abstracto. Difuso. Quizá, lejano. Una ejemplar acción que iban a emprender aquellos dos queridos amigos. Hoy, sin embargo, me traen de retorno su historia y tengo que darles las gracias porque, sin merecerlo, me han hecho cómplice de un gesto tan generoso.

En mi armario, sobre la pila de bufandas y pañuelos, sobresale uno de tonos lechosos; beis y amarillo. Lo ha hecho Kanya, una tejedora del pueblecito de Hanjai. No podría decir qué edad tiene. 50, tal vez 60, puede que menos; quien sabe. En Tailandia, las mujeres no valen nada. Ni ellas, ni los niños. La vida les maltrata. La sociedad les ignora. En muchos casos, vagan por las calles buscándose la vida como pueden. Por eso, su cara, de mirada lejana, no es capaz de decirnos qué edad tiene.



Kanya está casada. Lo está con un hombre alcohólico y ludópata. Desde el año pasado él está en la cárcel por asuntos de droga y, desde entonces, ha tenido que buscarse la vida, porque, en Tailandia, no existe ningún tipo de asistencia para mujeres y niños. La forma que ha encontrado para subsistir es la que le ofrece su rudimentario telar.

Observando mi impecable pañuelo, parece increíble que lo haya hecho con ese artilugio de materiales reciclados. El hilo, 100% natural, lo extrae de un capullo similar al de los gusanos de seda. Luego, pasada a pasada, va confeccionando las telas de las que saldrán pañuelos, fulares y bolsos. Y de ahí, tras un viaje de 36 horas con escalas incluidas, a mi ropero. Al mío y al de quien quiera comprarlo. Los distribuyen -entre otras- en la parroquia de Bezana.



La segunda parte del viaje, de la que no tengo suvenir, pero sí fotos que mostrar, es la visita al colegio de las Misioneras de la Caridad, discípulas de la Madre Teresa de Calcuta. "Si el viaje ha merecido la pena, ha sido por la visita a estas monjas. Jamás había visto de una manera tan clara el amor hacia los demás". Así se expresa mi amigo justo antes de contarme que las hermanas -dos indias, una tailandesa y una norteamericana- atienden a los niños que nadie quiere. Si un menor abandonado es lo último de lo último en este país, si además es deficiente mental o tiene sida, se hace invisible. Probablemente, esté abocado a acabar en manos de mafias que utilizan a los niños para apuestas ilegales de lucha o para la explotación sexual.



Que nadie piense que mi reflexión de hoy es fruto de una cuestión religiosa. No lo es. Es cierto que las misiones que han visitado mis amigos están sostenidas por católicos, pero a mi me interesa el componente humano, no la fe que les guía. Desde pequeña, entiendo, que no importa qué dios inspire nuestros actos, siempre y cuando, éstos procuren el bien ajeno y estén inspirados en el amor.



"Me caso: no me regaléis nada" Tengo que dar las gracias a Héctor y a Isa por su generosidad. No sólo por no reclamar su regalo, algo que es, sin duda, muy inusual, sino, sobre todo, por hacerme partícipe de su aventura. Hay mil vidas y me han permitido compartir con ellos la mil uno. Una fuente de inspiración en medio de una sociedad en la que suele trascender, únicamente, lo más vil del ser humano. Quede este post como una muestra de que otra realidad es posible.    

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